Ensayo dogmático sobre la cultura del micrófono abierto

El viernes 13 de marzo de 2026 se llevará a cabo un micrófono abierto, debajo de un puente, en un área pública de la ciudad de Querétaro, al cual no asistiré. No por diferencias políticas, culturales o sociales sobre cómo debería ser un micrófono abierto (aunque sí tengo opiniones sobre ello), sino porque las circunstancias que rodean a ese supuesto micrófono metafísico, que aún se ausenta de la realidad, lo vuelven inaccesible para mí, puesto que voy a estar en una ciudad distinta.

Ahora bien, ¿cuál es el tema del que quiero hablar? Son varios, y creo que no voy a poder dilucidar completamente mis perspectivas ideológicas en este brevísimo ensayo sobre el micrófono abierto. Porque el micrófono abierto no es solo un objeto técnico: es también un símbolo cultural, un pequeño altar portátil donde cualquiera puede colocar su voz por unos minutos.

Uno de esos temas es mi opinión subjetiva sobre cómo escriben los actuales poetas en la ciudad de Querétaro. Muy pocos queretanos quedan en esta ciudad en decadencia, o al menos así se siente cuando uno intenta encontrar una tradición literaria viva en medio del ruido contemporáneo. Tengo grandes amigos en esta ciudad, algunos que la estan abandonando y en verdad le tengo mucho aprecio a varios de ellos.

La decadencia de lo que es el género artístico se ve atravesada por la forma en que la gente se comunica hoy en día: a través de algo que se parece demasiado a las peleas que tenían mis tíos en Facebook. A eso veo reducida la discusión de la gente en la época actual: mensajes poco sopesados, falaces, del calibre de reductio ad absurdum o ad hominem de libreto. en verdad me alegro que estemos regresando a estas tradiciones como el blogeo ya sea en este medio o on substack que es la nueva adicion al circulo “social”.

Siento odio en la boca del estómago cada vez que veo las pretenciones e hipocrecia de criticos de arte y escritores en la ciudad. El nivel político y retórico que maneja el mundo artístico moderno se ve dividido en dos. Lo que observo es una falta simultánea de forma y de fondo en la manera en la que se llevan a cabo las cosas en la ciudad.

Por una parte, mi consideración, que puede ser muy criticada, es que la academia está en un nivel retórico mucho más elevado que el que se suele encontrar en el pequeño círculo artístico local. La academia, con todos sus vicios, conserva todavía una disciplina del lenguaje, una especie de entrenamiento del pensamiento que obliga a ordenar las ideas antes de arrojarlas al público.

Pero, por otra parte, el cansancio político que presenta el arte periférico tiene también una fuente semántica de la cual alimentarse. Ese arte, aunque desordenado y a veces torpe, nace de una experiencia social que no siempre encuentra espacio dentro de los discursos institucionales. lo cual disfruto, pero me gustaria que se tallereara un tanto mas. talvez eso es un sueño guajiro de mi parte.

Aun con todo, existen escritores que se encierran en una dinámica de escritura metapoética: vivir dentro del encierro de las referencias de su propio pueblo bicicletero (esto lo digo con mucha honra).

Museos

Normalmente vivo unos cuatro o cinco días a la semana en el Museo de la Ciudad. La forma y el fondo con que trabajan los artistas residentes, así como las amistades que he formado en ese espacio financiado por la Secretaría de Cultura del estado, me han permitido la contemplación y el cariño por las artes. La observación continua de las obras, la convivencia con el ámbito académico artístico, los talleres, las discusiones improvisadas en los pasillos, con los guardias, estudiantes de teatro, punketos, bibliotecarios y maestros, me ayudan a apliar el discurso. todo eso me ha dado, pienso, algunas entradas interesantes para sensibilizarme ante el arte.

Y desde esa observación también aparece otro problema: muchos poetas quieren leer un poema homérico cuando lo que hace falta, a veces, es juego de palabras, precisión y trabajo de taller. realmente quien soy yo para decir que quiere la poesia, pero quiza si puedo decir que quiero y No se trata de levantar la voz ni de inflar el pecho frente al micrófono. quiziera que se tomara mas tiempo en el trabajo del oficio. que es más cercana al trabajo del carpintero que al del predicador.

Si te contara

Un amigo del norte me decía que tenía un camarada que vendía sus cuentos en la calle y la gente se los chuleaba. Él, en réplica, sostenía que no es difícil impresionar a gente que no lee.

Y así me siento a veces frente a ciertas lecturas públicas: como si el aplauso estuviera obligado y dirigido más al gesto que al texto. No digo que el Flaco, que es quien inspiró esta apresurada opinión, realmente tenga un texto bueno que lo respalde. Pero sí tiene una boca con una lengua plateada de serpiente, capaz de envenenar un pozo si se lo permiten.

Agradezco que se esten dando estos espacios culturales, pero una de las primeras criticas es que escuche un comentario como si nos estuvieran dando la oportunidad de hablar, como si el micrófono abierto fuera un regalo que se nos hace a los ciudadanos. No es así. El micrófono abierto no es un regalo, es una herramienta, un espacio, un escenario, un altar, un lugar de encuentro. Es algo que se abre, no algo que se da. No es abrir un espacio cultural porque no somos gestores culturales somos humanos que se han dado cuenta de que el arte es una necesidad social, y que el arte no es algo que se pueda comprar o vender, sino algo que se puede compartir y disfrutar.

Porque cuando se abre un micrófono no siempre se abre el alma. A veces solo se abre la boca.

Columna de Carlos Wolf